Existe una distancia considerable entre las promesas de campaña diseñadas para redes sociales y las complejidades reales de administrar un país. La narrativa electoral de sectores libertarios y conservadores —articulada en gran medida por consultores como Fernando Cerimedo— prometía que reducir el aparato estatal al mínimo, recortar ministerios y bajar impuestos al sector privado bastaría para reactivar automáticamente la economía. Sin embargo, al asumir el gobierno, esa teoría ha terminado colisionando con la realidad social y productiva.

Chile y la administración Kast: el giro pragmático

El relato inicial del gobierno de José Antonio Kast se estructuró bajo la premisa de un «Estado en quiebra» y una estricta emergencia económica. El programa original contemplaba:

  • Recortes directos del gasto público y reducción de carteras ministeriales.
  • Rebajas del impuesto corporativo (del 27% al 23%), bajo la tesis de que el capital privado impulsaría la inversión y la contratación.
  • Flexibilización regulatoria y ambiental para acelerar proyectos empresariales.

No obstante, las proyecciones macroeconómicas para 2026 mostraron una desaceleración notable, con estimaciones de crecimiento del Banco Central entre 0,25% y 0,75%, sumadas a una tasa de desempleo que alcanzó el 9,5%. Ante la falta de respuesta inmediata del sector privado y el riesgo de un mayor deterioro social, el Ejecutivo —encabezado en lo económico por el ministro Jorge Quiroz— implementó el plan proempleo «Chile Despega», recurriendo a medidas tradicionales de estímulo fiscal:

  • Inyección de US$ 1.300 millones (1,3 billones de pesos) financiados íntegramente por el fisco.
  • Cartera extraordinaria de obras públicas ejecutadas por el MOP y Vivienda para absorber cesantía.
  • Subsidios estatales directos a la contratación de mano de obra.

Mientras la oposición acusa una contradicción ideológica de fondo al utilizar la billetera fiscal para sostener la economía tras prometer achicar el Estado, desde el oficialismo defienden la medida como un acto de «realismo y flexibilidad política» frente a una coyuntura desfavorable.

Argentina: la brecha entre la doctrina y la gestión

En Argentina, el contraste entre la retórica y los hechos ha sido aún más explícito. A fines de abril de 2026, Javier Milei volvió a cuestionar con dureza la teoría keynesiana en el Palacio Libertad, calificándola como una herramienta teórica que justificó el empobrecimiento sistemático a manos de la política tradicional.

Sin embargo, en el terreno concreto, la gestión libertaria ha debido convivir con severas dificultades: caída del consumo interno, cierre de actividades productivas y una marcada fragilidad social. La promesa de eliminar la intervención estatal choca cotidianamente con la necesidad de administrar esquemas cambiarios transitorios, gestionar asistencia financiera y contener el impacto de una recesión severa sobre los sectores vulnerables.

País / MandatarioEl dogma del algoritmoLa realidad estadística verificable
Brasil
(Lula da Silva)
«Rumbo al comunismo y descontrol del gasto»Crecimiento del PIB al 3,4% en 2024, desempleo desplomado a mínimos históricos del 5,6% (el más bajo en más de una década) e inflación domada dentro de la meta.
México
(Claudia Sheinbaum)
«Destrucción de la inversión privada»Récord histórico de Inversión Extranjera Directa (más de US$ 21.000 millones), desempleo en pisos mínimos, salario mínimo con alzas reales sostenidas de dos dígitos y reducción consistente de la pobreza.
Colombia
(Gustavo Petro)
«Implosión del modelo productivo»La pobreza monetaria cayó al 28% (su nivel más bajo desde 2012, sacando a más de 3,8 millones de personas de la vulnerabilidad) y el desempleo descendió a cifras de un dígito.
Chile
(Gabriel Boric)
«Ruina absoluta del oasis chileno»Pobreza por ingresos reducida del 20,5% al 17,3%, inflación contenida tras el shock postpandemia (del 12,8% al 2,4%), aumento real del salario medio y aprobación del royalty minero con expansión de la inversión al 7% en 2025.
Argentina / Chile
(Milei / Kast)
«El milagro de la motosierra y la libertad»Recesión autoinducida, disparada del desempleo, derrumbe del consumo interno y una claudicación vergonzosa: recurrir al gasto público de emergencia para salvar el pellejo político.

Gobernar a fuerza de insultos en Twitter y coreografías algorítmicas es un deporte accesible mientras se es oposición; sentarse en el sillón presidencial con la economía real sangrando y las calles hirviendo es otro asunto. Al final del día, los paladines de la ultraderecha terminan haciendo fila en la ventanilla del Tesoro público, confirmando la máxima de la política continental: no hay pureza neoliberal que resista dos trimestres seguidos de recesión profunda.