Los chilenos hemos sido invadidos en estos días por encuestas que pretenden anticipar quién será el candidato de derecha en una eventual segunda vuelta. Casi se da por descontado que Jara no bajará del 35%, por razones más que evidentes. El verdadero temor del empresariado es que esta pelea intestina entre fascistas termine por desordenar el frágil tablero que han sostenido artificialmente con tres pilares: el miedo, la inseguridad y la migración. Sobre esos temores han construido su discurso y, con ello, han conseguido votos en sectores populares. Pero en la derecha saben que ese apoyo es precario y volátil, porque no se sustenta en razones, sino en emociones. Saben también que su base en los sectores populares está compuesta, en buena medida, por personas con bajo nivel de instrucción o por creyentes evangélicos que han sido bombardeados con discursos moralizantes y autoritarios. Como sea los chilenos nos vemos expuestos a elegir o rechazar entre tres representantes descarnados del Pinochetismo mas rancio y brutal.
Desde hace años han estimulado el odio entre los mismos pobres, convenciéndolos de que sus enemigos son otros pobres: los migrantes que “roban” cupos en los consultorios, en los colegios o en los trabajos. Sin embargo, la derecha no ignora que entre los sectores populares de Chile existe también una fuerza sólida, ideológica y culturalmente fuerte, que sostiene el ideal de una República justa, con igualdad de oportunidades y un Estado fuerte que garantice el desarrollo armónico de todos.
En la izquierda chilena existe una riqueza cultural e histórica innegable. Es una corriente de pensamiento que fluye como el aire en nuestra identidad nacional, heredera de luchas obreras, de arte, de educación pública y de memoria colectiva. Esa cultura no tiene parangón con la cultura elitista y artificial de las clases dominantes, cuya identidad se reduce a la imitación y el consumo.
Y la derecha lo sabe. Sabe que los millones de chilenos que salieron a manifestarse en octubre de 2019 —y que nada tuvieron que ver con saqueos ni con incendios— siguen ahí, silenciosos, esperando un Chile mejor. Si hoy parecemos apagados, es solo un repliegue, no una derrota. Seguimos aquí, sin rendirnos, dando la pelea hasta el último respiro.
La sombra del Mileísmo
La ultraderecha argentina llegó al poder de la mano de un personaje desquiciado como Javier Milei, que ascendió alimentando el odio contra el kirchnerismo y las políticas sociales que, con todas sus deficiencias, permitieron a los más pobres comer y vivir con cierta dignidad. Prometió acabar con la delincuencia y la inflación; hoy su gobierno no ha logrado ni una cosa ni la otra. Por el contrario, ha hundido al país en la recesión y la incertidumbre. Las mafias crecen, la violencia aumenta y la miseria es el terreno fértil donde el crimen prospera. Chile debería mirar ese espejo con atención.
El gran empresariado chileno —los verdaderos dueños del poder— apuesta por Evelyn Matthei. Es una de las suyas: una pinochetista condecorada, aunque hoy intente disfrazarse de moderada. Su entorno y su familia siempre han estado vinculados al poder económico. Sin embargo, el juego de inflar a figuras como Kast o Kaiser para “contener” al electorado más extremo se les está escapando de las manos. Ya los medios tradicionales, siempre al servicio del empresariado, han comenzado a deslizar críticas: los califican de inexpertos, improvisados y peligrosos.
Jugar a inflar al fascismo siempre ha sido una táctica útil para dividir al pueblo y contener el poder popular. Pero la historia enseña que esas apuestas suelen terminar en catástrofes. Lo vimos en los años 30 en Europa, lo vemos hoy en Europa y lo vemos en Argentina, donde lo más probable es que eso termine en desastre. Chile podría no ser la excepción.
El riesgo de una izquierda domesticada
Paradójicamente, una eventual segunda vuelta con un candidato de ultraderecha aumentaría las posibilidades de que Jara llegue a La Moneda. Pero incluso eso no garantiza un cambio real. El poder económico ya comprobó con Boric que puede domesticar a los gobiernos de centroizquierda, imponerles los límites del sistema y hacerlos gobernar sin tocar los intereses de los poderosos. La Presidencia de la República se ha convertido, en muchos casos, en un acto simbólico, una escenografía republicana mientras el poder real sigue al oriente de La Moneda, en las oficinas del empresariado.
Mientras la izquierda no logre construir una mayoría parlamentaria robusta y genuinamente representativa de los sectores populares, las transformaciones estructurales seguirán siendo un sueño postergado.
Paradójicamente, una eventual segunda vuelta con un candidato de ultraderecha aumentaría las posibilidades de que Jara llegue a La Moneda. Pero incluso eso no garantiza un cambio real. El poder económico ya comprobó con Boric que puede domesticar a los gobiernos de centroizquierda, imponerles los límites del sistema y hacerlos gobernar sin tocar los intereses de los poderosos. La Presidencia de la República se ha convertido, en muchos casos, en un acto simbólico, una escenografía republicana mientras el poder real sigue al oriente de La Moneda, en las oficinas del empresariado.
Mientras la izquierda no logre construir una mayoría parlamentaria robusta y genuinamente representativa de los sectores populares, las transformaciones estructurales seguirán siendo un sueño postergado.
La batalla cultural y mediática
He visto intentos sinceros de algunos grupos de izquierda por reactivar espacios de debate y pensamiento crítico. Pero hay un error de base: creer que basta con tener la razón. Las masas no se mueven por argumentos racionales, sino por afectos, miedos y pasiones. La ultraderecha lo entendió hace tiempo y lo explota con maestría. Mientras tanto, la izquierda invierte poco o nada en medios de comunicación o estrategias emocionales.
Los medios populares como El Siglo, las radios comunitarias o las organizaciones sociales siguen aferrados a formatos antiguos, centrados en la razón y la denuncia. Pero el pueblo hoy consume información de otra forma: a través de memes, videos cortos, música, humor y emociones. Es ahí donde la derecha ha ganado terreno, porque no necesita decir la verdad; solo necesita contar historias simples que conecten con el miedo o el resentimiento.
La memoria y el olvido
Resulta doloroso que muchos chilenos desconozcan conquistas históricas como la erradicación de la desnutrición infantil —logro iniciado bajo Frei y consolidado por Allende— o la expansión de la educación y la salud pública. Hoy, esos mismos beneficiarios apoyan discursos que promueven la destrucción del Estado y desprecian las políticas sociales que les dieron dignidad. Muchos, seducidos por el individualismo neoliberal o atrapados en la precariedad del trabajo informal, terminan siendo mano de obra barata de plataformas internacionales como Uber o Rappi, o fieles de iglesias que predican resignación y culpa.
Una conclusión necesaria
La izquierda debe librar una batalla comunicacional tan seria como la política o la económica. La derecha ha hecho de la comunicación su arma principal, y mientras la izquierda no entienda que el poder también se disputa en el terreno de los símbolos, las emociones y las pantallas, seguirá dando palos de ciego.
Hoy, los medios alternativos de izquierda sobreviven gracias a voluntarios, verdaderos Quijotes digitales que editan videos, crean memes o desmienten mentiras con ingenio y sin recursos. Pero sin una estrategia estructurada, sin inversión y sin articulación entre el Estado, los partidos progresistas y los movimientos sociales, la comunicación popular seguirá siendo marginal.
