El genocidio del pueblo palestino no es un accidente histórico ni un efecto colateral: es la condición estructural para la realización del proyecto sionista. Y tiene una diferencia radical con el exterminio de judíos, gitanos, homosexuales y antifascistas bajo el nazismo: hoy lo presenciamos en directo, en tiempo real, a través de la televisión y las redes sociales. Ya nadie puede escudarse en el argumento de «yo no lo sabía».

Un proyecto colonial de asentamiento

El proyecto político sionista tiene, desde sus orígenes, un carácter expansionista y colonial. Su objetivo declarado, tal como lo formuló Herzl, era convertir Palestina en un «Estado judío», y sus ambiciones territoriales excedían los límites de la Palestina histórica: en 1919, la delegación sionista en la Conferencia de Paz de París ya distribuía mapas de un «Estado sionista» que incluía el sur del Líbano y los Altos del Golán. Su esencia está en «El muro de hierro» (1923), donde Jabotinsky sostiene con realismo cínico que los palestinos jamás aceptarían la colonización de su tierra y que, por lo tanto, el asentamiento debía protegerse con un muro de hierro, independientemente de la resistencia nativa.

El «Gran Israel», que incluiría Gaza, Cisjordania y partes de Egipto, Jordania, Líbano, Siria, Irak y Arabia Saudí, no es una invención de la extrema derecha actual: es tan antiguo como el sionismo. En marzo de 2026, el ministro de Finanzas israelí declaró que «el Litani debe ser nuestra nueva frontera». Lo que fue utopía hoy es política de Estado.

Israel ha librado ocho guerras oficiales desde 1948 y, desde 2006, al menos siete conflictos de gran envergadura, incluida la guerra en Gaza desde 2023; cada una consolidó su control territorial. Según análisis satelitales de 2026, controla o tiene influencia militar sobre más de 1.100 km² en Gaza, Líbano y Siria, y la «Línea Amarilla» ya divide físicamente la Franja. La expansión supera cualquier marco de «dos Estados».

Un discurso supremacista y racista

El proyecto se sostiene en un conjunto de argumentos que, lejos de operar por separado, conforman un discurso que autoriza la eliminación de la población palestina.

El derecho divino y la Tierra Prometida

Sectores religioso-nacionalistas leen de forma literal pasajes como Génesis 28:13 («la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia») para reclamar un derecho de propiedad perpetuo y superior a cualquier legislación humana. Ben-Gurión llamó a la Biblia el «título de propiedad sacrosanto» sobre Palestina, argumento que Netanyahu repitió en Naciones Unidas. Así, un texto religioso se convierte en documento legal, por fuera de la razón y del derecho internacional.

El discurso civilizatorio

Herzl describió la futura colonia como «un baluarte de Europa frente a Asia, un enclave de civilización frente a la barbarie». En este discurso, el árabe aparece como primitivo, fanático y peligroso. Benzion Mileikowsky, padre de Netanyahu, se refería a los árabes como «cuasi salvajes». No es mera retórica: es un permiso estructural que normaliza la eliminación masiva. El 9 de octubre de 2023, al ordenar el bloqueo de Gaza, el ministro de Defensa Yoav Gallant declaró: «He ordenado un asedio total a la Franja de Gaza. No habrá electricidad, ni comida, ni combustible. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia».

Los palestinos como «terroristas»

Es el argumento más directamente eliminacionista. En el discurso militar, los palestinos dejaron de ser un problema a gestionar para convertirse en amenazas existenciales. En canciones y testimonios de soldados aparecen como animales o como Amalek, fuera de toda comunidad moral. La lógica es circular: «no hay civiles», cualquiera que entre en la zona de ocupación es un terrorista. Por eso no se dice que murieron 300 periodistas, sino que fueron abatidos 300 terroristas.

La «liberación» de las mujeres musulmanas

Occidente ha legitimado intervenciones como una misión en favor de las mujeres. Como muestra la antropóloga Lila Abu-Lughod, esa retórica del rescate las retrata como víctimas pasivas de su religión, ignora la pobreza, el autoritarismo y las guerras de las que Occidente es responsable, y desconoce que son sujetos activos que resisten y deciden en sus propios contextos.

«Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra»

El eslogan buscó probar que Palestina estaba desocupada, borrando a su población nativa de la tierra y de los registros históricos. Siempre fue falso, y los sionistas europeos lo sabían.

En conjunto, el derecho divino entrega una argumentación mesiánica; el discurso civilizatorio, una superioridad moral; la figura del terrorista moviliza el odio y la paranoia, y «la tierra sin pueblo» niega la expulsión y el exterminio. El otro no es reconocido como un semejante: no se estaría eliminando a un pueblo, sino a «alimañas», «plagas» o «ratas», como se ha dicho desde autoridades israelíes y en la propaganda de guerra.

Los colonos y el goce ante el sufrimiento

Los crímenes de guerra del ejército israelí están ampliamente documentados. Lo que ha recibido menos atención es el placer de parte de la población civil israelí ante el sufrimiento palestino, una posición respaldada por sus autoridades. La ministra de Igualdad Social, May Golan, afirmó ante el Parlamento en febrero de 2024: «Estoy personalmente orgullosa de las ruinas de Gaza».

La influencer Noya Cohen ha viralizado videos en que se burla de madres palestinas con sus hijos muertos en brazos, maquillándose con heridas y polvo falsos. Circulan parodias de familias que se mofan del hacinamiento en Gaza, colonos celebrando parrilladas a pocos metros de campamentos sin agua ni comida, y jóvenes que bloquean la ayuda humanitaria al grito de «no alimentes a asesinos» mientras una niña palestina llora desconsolada.

Es una población adoctrinada en su superioridad y en su derecho divino a la tierra. El sufrimiento palestino no les provoca pesar ni culpa, porque los palestinos han sido rebajados a «animales humanos». No se plantea dilema moral alguno: son actos de Estado, de un Estado criminal donde el mal se hace norma. El historiador Benny Morris lo expresó sin pudor en 2004: «Hay que construir para ellos algo así como una jaula. Sé que suena terrible, es realmente cruel, pero no hay otra opción».

Sadismo, poder y subjetividad

Lo descrito está completamente fuera de las normas y necesidades de la guerra, y tampoco es violencia desbordada: es una planificación deliberada y fría de formas de sufrimiento que hacen posible el goce sádico. Desde el psicoanálisis, el sadismo —el placer de infligir dolor, humillación o dominio— es un destino pulsional cuyo atemperamiento depende de las experiencias tempranas y de lo que ofrece la cultura.

Se observa una regresión a modos infantiles de organización, en que la humillación del otro es la principal fuente de goce: no solo destruir, sino gozar del poder de destruir. El muro de hierro de Jabotinsky es también un muro psíquico que impide reconocer al otro. Es una perversión del lazo social, donde el otro es objeto de goce y no un semejante; la ideología supremacista, los liderazgos belicistas y la manipulación del Holocausto activan mecanismos narcisista-paranoides. El sadismo se vuelve una estructura socialmente sancionada.

Una sociedad que no puede sostenerse

La negación colectiva del genocidio es común en las sociedades perpetradoras, que no perciben sus actos como malignos. Las encuestas citadas por la autora lo confirman: el 64 % de los israelíes encuestados cree que no hay inocentes en Gaza, cifra que sube al 76 % entre la población judía israelí; el 79 % de los judíos israelíes se declaró «no perturbado» por la hambruna en Gaza (julio de 2025); el 68 % se opone a la ayuda humanitaria, y el 82 % apoya la expulsión total de la población de Gaza.

Una sociedad embarcada en este nivel de crueldad no es sostenible, no solo por razones morales o políticas, sino psicológicas y sociales. Hacer del goce sádico una práctica normalizada produce subjetividades escindidas, incapaces de empatía, y eventualmente una crisis interna cuando el «muro de hierro» ya no pueda contener el retorno de lo reprimido. Lo que se niega en lo social retorna como síntoma. Tarde o temprano, la sociedad perpetradora tendrá que confrontar su propia implicación, y esa confrontación será, probablemente, tan traumática como el genocidio que hoy niega.

Referencias

  • Abu-Lughod, L. (2018). ¿Necesitan las mujeres musulmanas ser salvadas? Capitán Swing.
  • Bleichmar, S. (2011). La construcción del sujeto ético. Paidós.
  • Bruneau, E. y Kteily, N. (2017). The enemy as animal: Symmetric dehumanization during asymmetric warfare. PLOS ONE, 12(7).
  • Freud, S. (1924/2007). El problema económico del masoquismo. Obras completas, vol. 19. Amorrortu.
  • Herzl, T. (1896/1986). El Estado judío. Organización Sionista Argentina.
  • Jabotinsky, V. (1923/2026). El muro de hierro. Faro de Occidente.
  • Pappé, I. (2021). Zionism as a movement of whiteness. Routledge Handbook of Critical Studies in Whiteness.
  • Shafir, G. (1989). Land, Labor and the Origins of the Israeli-Palestinian Conflict, 1882-1914. Cambridge University Press.
  • Veracini, L. (2006). Israel and Settler Society. Pluto Press.
  • Wolfe, P. (2006). Settler colonialism and the elimination of the native. Journal of Genocide Research, 8(4).