Nos habían convencido de que era imposible. De que el mundo ya tenía dueño: el egoísmo fascista, el desprecio por los humildes, el odio convertido en espectáculo. Nos fuimos acostumbrando a ver cómo la mentira se volvía rutina, cómo la democracia y sus instituciones se transformaban en una farsa y cómo líderes vulgares insultaban a cualquiera que no se les arrodillara. Parecía paisaje. Parecía destino.
Nos dolía, además, ver cómo las conquistas de generaciones de luchadores sociales —cada derecho arrancado con huelgas, con cárcel, con vidas— eran atribuidas a la divina providencia por pastores evangélicos, mientras nadie recordaba a quienes se lo jugaron todo por mejorar la vida de la gente. Y cómo el individualismo fascista enseñaba a los pobres a culpar a otros pobres de sus desgracias, y a creer que todo lo que tienen lo lograron solos, borrando de la memoria las luchas colectivas que construyeron una sociedad mejor.
Pero este domingo, Brasil nos devolvió la esperanza. Contra la manipulación, contra los algoritmos, contra el sabotaje y contra todos los pronósticos, los humildes le doblaron la mano a la tragedia. Y nos recordaron algo que habíamos empezado a olvidar: que la compasión y la bondad todavía pueden derrotar a la odiosidad fascista.
La remontada que nadie creyó posible
Luiz Inácio Lula da Silva ganó. Y ganó con holgura, en una remontada histórica: venció a Flávio Bolsonaro por más de cuatro millones de votos y conquistó su cuarto mandato presidencial. Cuatro años después de derrotar al padre, derrotó al hijo.
Cuando todavía faltaba poco más del 3 % de las urnas por escrutar, la Justicia Electoral publicó en su sitio una frase que hizo estallar las calles: «Elección definida matemáticamente». Los números, ya casi cerrados, hablaban solos: 64.136.514 votos para Lula contra 59.767.869 de su rival. Una diferencia de 4.368.645 sufragios. Un 51,70 % contra un 48,22 %.
Nunca antes en la historia de Brasil alguien que perdió la primera vuelta había ganado la segunda. Lula llegó al balotaje dos puntos abajo —45 % contra 47 %— y entre una vuelta y otra sumó más de diez millones de votos. Una avalancha. Una marea de gente sencilla que se negó a resignarse.
Con la voz tomada por la emoción, Lula habló: «Tenemos el menor número de abstenciones y voto nulo en la historia del país, y tengo que agradecer a la militancia y al pueblo brasileño por su generosidad. A la generosidad de la juventud para defender la democracia». Y luego, con la firmeza de siempre: «Esta elección fue una derrota del negacionismo». También denunció que «tuvimos que vencer la intromisión extranjera», en referencia a la denuncia del PT sobre el favoritismo de Meta hacia la extrema derecha.

Del otro lado, la reacción fue la de siempre. Flávio Bolsonaro pidió anular las elecciones: «Es imposible reconocer el resultado». El mismo libreto de quienes solo creen en la democracia cuando ganan.
Ganó el Brasil profundo
Esta victoria no la construyó un algoritmo. La construyeron los ciudadanos de a pie, de todos los rincones y de todas las clases sociales, movilizados como hacía años no se veía. El oficialismo arrasó en el Nordeste, pero también ganó en Minas Gerais, el segundo estado más poblado del país, con más de 21 millones de habitantes, donde Flávio había cerrado su campaña y donde incluso había superado a Lula en la primera vuelta.
Brasil frenó a la extrema derecha. La puso en pausa. Le bajó el volumen a su violencia, a su crueldad, a su xenofobia y a su racismo. Y una bocanada de aire fresco empezó a recorrer América Latina, entre tanto trumpismo rancio y algorítmico, entre tantas redes más cloacales que sociales. Entre una vuelta y otra, el PT también dio —y ganó— la batalla cultural.
La victoria, más amplia de lo que anticipaban unas encuestas que casi siempre lo mostraron abajo, fue también un golpe a la credibilidad de los consultores que empujaron el voto hacia la ultraderecha. Y una pésima noticia para quienes se miraban en el espejo de Bolsonaro: Javier Milei, con una motosierra que ya empieza a quedarse sin filo; De la Espriella en Colombia; Bukele en El Salvador; y, por supuesto, Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio. El Brasil movilizado abrió una ventana de ilusión para todos los pueblos vecinos.
Querían que los pobres no llegaran a votar
La jornada tuvo una cara oscura: el sabotaje al transporte público para impedir que la gente humilde pudiera votar. La denuncia apuntó sobre todo a São Paulo, la ciudad más grande del país, y a tres municipios de Bahía: Salvador, Feira de Santana y Lauro de Freitas.
En la capital paulista, la coalición Brasil Listo Para Más denunció ante la Justicia Electoral que circulaba apenas el 60 % de los autobuses previstos, pese a una orden judicial que obligaba a mantener la flota completa de un día laboral. Pidió investigar el incumplimiento y la detención en flagrancia del secretario municipal de Movilidad, Celso Jorge Caldeira, y del presidente de la empresa municipal SPTrans, Victor Hugo Borges.
En Bahía, la coalición del PT, el Partido Comunista de Brasil y el Partido Verde exigió ampliar el horario de votación y restablecer el servicio. El presidente del Tribunal Regional Electoral, Maurício Kertzman, ordenó la detención del secretario de Movilidad de Salvador, Pablo Souza, por incumplir la resolución que obligaba a devolver los autobuses a las calles. También se denunciaron problemas en municipios de Alagoas y Paraíba, y en Aracaju, capital de Sergipe, donde la Justicia Electoral ordenó restablecer la flota completa.
Querían que el pueblo se quedara esperando en el paradero. El pueblo llegó igual.
La noche en que quisieron detener el reloj
A las 17:00 se cerraron las urnas electrónicas y comenzó una verdadera distopía electoral. Ante las denuncias de que en São Paulo y Salvador de Bahía se estaba entorpeciendo la votación, Lula había pedido extender el horario hasta las 19:00. Pero el presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques —un magistrado designado por Jair Bolsonaro en 2020 y de estrechos vínculos con el bolsonarismo—, cerró los comicios a la hora prevista y durmió la solicitud durante más de tres horas.
Fue el juez Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal, quien finalmente otorgó una prórroga de dos horas: primero para Bahía y luego para todo el país. En medio de la confusión, el escrutinio quedó suspendido hasta que se cumpliera ese plazo. Desde el bolsonarismo, el senador del Partido Liberal que coordinaba la campaña de Flávio reclamó: «El nivel de intervención de algunos magistrados del Supremo es impresionante». Desde el PT se respondía lo evidente: quien había intervenido era Nunes Marques.
En el búnker del PT, en el hotel Intercontinental, repleto de periodistas de todo el mundo, se vivió una vigilia de nervios, preguntas sin respuesta y rumores. Cuando el conteo se reanudó, Lula iba adelante, pero Flávio lo seguía muy de cerca. Minutos antes de las 20:00, el hijo del expresidente pasó al frente. Nunca una elección había sido tan reñida en la historia democrática de Brasil, ni siquiera la de 2022, cuando Lula derrotó a Jair Bolsonaro.
A mitad del escrutinio, Lula solo ganaba en una de las cinco regiones del país: el Nordeste. Perdía en el Sudeste, el más poblado, donde están São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais; perdía en el sur, por escasísimo margen en el norte y también en el centro-oeste agropecuario. Pero a las 20:46, con casi el 80 % de las urnas escrutadas, el sitio de la Justicia Electoral —que se actualizaba minuto a minuto— le daba al presidente una ventaja de más de dos puntos que empezaba a consolidarse.
Fue el parteaguas. En ese mismo instante, en las calles vecinas a la avenida Paulista, los partidarios del viejo líder obrero comenzaron a celebrar. La virada —la remontada, como la llaman los brasileños— se hacía carne en la militancia. Nadie se atrevía todavía a cantar victoria: la curva subía de a poco y, en una elección tan pareja, ninguna ventaja parecía definitiva. Fue, como habría dicho el periodista deportivo Dante Panzeri, la «dinámica de lo impensado».

Un desenlace digno de una novela de Jorge Amado. Un partido de fútbol de esos que no se olvidan: Lula empezó adelante, Bolsonaro lo pasó y, casi una hora y media después de terminada la prórroga, el presidente recuperó la punta como un buen goleador de área. Para no soltarla nunca más.
Lo que se defendió en las urnas: los derechos de quienes trabajan
Esta victoria tiene nombre y apellido: los trabajadores. Bajo el gobierno de Lula, Brasil vivió la mayor reforma de su mercado laboral en las últimas dos décadas, pensada para revertir el desmantelamiento de derechos de los gobiernos anteriores, dignificar la vida de las clases populares y devolverles fuerza a los sindicatos.
El fin de la escala 6×1
El avance más importante llegó con una enmienda constitucional histórica que cambia la vida de decenas de millones de trabajadores formales:
- Semana laboral de cinco días: se eliminó para siempre el antiguo esquema de seis días de trabajo por uno de descanso, muy arraigado en el comercio y los servicios.
- Dos días de descanso remunerado: la ley garantiza dos jornadas completas de descanso a la semana, preferentemente sábado y domingo.
- Jornada de 40 horas: la carga máxima semanal bajó de 44 a 40 horas.
- Sin rebaja de sueldos: la reducción se aplica manteniendo exactamente los mismos salarios.
- Implementación gradual: la jornada baja primero a 42 horas a los 60 días de promulgada la ley y llega a las 40 horas definitivas un año después.
Tiempo para vivir
Detrás de estas medidas hay algo más que economía: hay una idea de vida digna.
- Contra el agotamiento: la reducción de la jornada busca frenar los crecientes problemas de salud mental y el síndrome de burnout que provocan los horarios abusivos.
- Más tiempo con la familia: el gobierno ha defendido, con evidencia científica, que más descanso significa mayor productividad para las empresas y tiempo digno para compartir con los seres queridos y crecer como personas.
El regreso de los sindicatos
Lula, el viejo dirigente metalúrgico, devolvió al movimiento sindical el protagonismo que le habían arrebatado:
- Las demandas populares se hicieron ley: su partido acogió movimientos nacidos en la sociedad civil y en las redes sociales, como Vida Más Allá del Trabajo (VAT), y los llevó al Congreso para convertirlos en leyes reales.
- Diálogo tripartito y negociación colectiva: se restituyeron las mesas de diálogo entre sindicatos, empresarios y Estado, devolviendo peso político a la organización de los trabajadores como herramienta para distribuir la riqueza.
- Internacionalismo sindical: su gobierno estrechó lazos con centrales sindicales de todo el mundo, como CCOO y UGT en Europa, y promueve que los tratados comerciales respeten de forma vinculante los derechos sociolaborales.
Una nueva esperanza para América Latina
La remontada de Lula es un freno en seco a la ola ultraconservadora que barría América Latina, atizada por las amenazas y el miedo que siembra Donald Trump. Nunca antes alguien que aspiraba a gobernar el país más poblado de la región —y el séptimo del mundo, con 220 millones de habitantes— había logrado sobreponerse a una derrota en primera vuelta. Lula lo hizo gracias a su extraordinaria capacidad de adaptación y a su talento para volver a encender a las bases.
Su victoria merecerá un capítulo en los manuales de política internacional. Le dice al mundo que la llegada de la ultraderecha al poder no es inevitable, por mucho que controle el discurso, las redes y los algoritmos. Y deja una lección por sobre todas: la voluntad de hierro de un dirigente que, pese a su edad, puso hasta el último de sus esfuerzos en impedir el regreso del clan Bolsonaro, en la que será la última contienda de una vida entera dedicada a la política. Su cuarto mandato. El segundo consecutivo.
Fue una elección protagonizada por la gente común: los anónimos del Brasil profundo y marginal, en la inmensa geografía de un país multicultural donde Lula ha estado presente desde el final de la dictadura. Ganando y perdiendo, pero siempre del lado de los suyos.

Ganó Lula. Ganaron los trabajadores. Ganó la gente buena. Y desde este lado de la cordillera, nos toca recoger esa esperanza y hacerla nuestra.
