Imagen: Bombardeo a La Moneda (Fuente)
En este ensayo, publicado aquĆ en tres partes (1. La lucha y la guerra, 2. La oposición, y 3. El costo de la conciliación -este artĆculo-), el sociólogo Ralph Miliband nos entrega su informada y apasionada perspectiva. Escrito en Octubre de 1973, no ha perdido vigencia para estimular y provocar la reflexión.Ā La traducción se debe al sitio Sin Permiso, aunque aquĆ decidimos guiarnos porĀ la edición que hizo la revista Jacobin LatinoamĆ©ricaĀ para el caso.
Por Ralph Miliband
El costo de la conciliación
La configuracioĢn de las fuerzas conservadoras que he presentado en la seccioĢn previa es esperable que exista en cualquier democracia burguesa, por supuesto que no en las mismas proporciones o con exactos paralelos; pero el patroĢn de Chile no es uĢnico. Siendo este el caso, lo maĢs importante es intentar un anaĢlisis lo maĢs preciso posible de la respuesta del reĢgimen de Allende al desafiĢo que le fue impuesto por estas fuerzas.
Como suele ocurrir, y mientras haya y continuĢe habiendo controversias interminables en la izquierda sobre quieĢn carga con la responsabilidad de lo que se hizo mal (si es que alguien la tiene), y si hubo algo maĢs que pudo haberse hecho, habraĢ muy poca controversia sobre cuaĢl fue de hecho la estrategia del reĢgimen de Allende. De hecho, no la hay, en la izquierda. Tanto los Sensatos como los Rabiosos de la Izquierda al menos estaĢn de acuerdo en que la estrategia de Allende era llevar a cabo una transicioĢn constitucional y paciĢfica al socialismo. Los Sensatos de la Izquierda opinan que este era el uĢnico camino posible y deseable. Los Rabiosos de la Izquierda afirman que ese era el camino al desastre. Resulta que estos teniĢan la razoĢn; pero todaviĢa estaĢ por verse si la tuvieron por las razones correctas. En cualquier caso, hay varias preguntas que aparecen aquiĢ, que son muy importantes y muy complejas para responderlas con esloĢganes. Son algunas de estas preguntas las que quisiera abordar ahora.
Para empezar por el comienzo: concretamente, con el modo en el que la llegada al poder āo al gobiernoā de la izquierda debe ser concebido en las democracias burguesas. La mayor chance por lejos es que esto ocurra viĢa el eĢxito electoral de una coalicioĢn de comunistas, socialistas y otras agrupaciones de tendencias maĢs o menos radicales. ĀæLa razoĢn? No es que no pueda haber una crisis, lo que abririĢa posibilidades de otro tipo (por ejemplo, el Mayo franceĢs fue una crisis de esta iĢndole), pero, sea por buenas o por malas razones, los partidos que debieran ser capaces de acceder al poder en este tipo de situaciones, especiĢficamente las principales formaciones de la izquierda āen particular los partidos comunistas de Francia e Italiaā, no tienen la menor intencioĢn de embarcarse en tal rumbo, y de hecho creen fuertemente que hacerlo invitariĢa al desastre y supondriĢa un retraso del movimiento de la clase obrera durante generaciones por venir. Su actitud podriĢa cambiar si se dan circunstancias de un tipo que no se puede anticipar; por ejemplo, la clara inminencia o directamente el comienzo de un golpe de Estado derechista.
Pero esto es especulacioĢn. Lo que no es especulacioĢn es que estas vastas formaciones, que comandan el apoyo al grueso de la clase obrera organizada, y que continuaraĢn comandaĢndola por mucho tiempo, estaĢn totalmente comprometidas con la obtencioĢn del poder āo del gobiernoā por los medios electorales y constitucionales. Fue tambieĢn la posicioĢn de la coalicioĢn liderada por Allende en Chile.
Hubo un tiempo en que mucha gente de izquierda deciĢa que, si una izquierda claramente comprometida con cambios econoĢmicos y sociales profundos estuviera en viĢas de ganar una eleccioĢn, la derecha no lo permitiriĢa; esto es, lanzariĢa un ataque preventivo por medio de un golpe. Esta ha dejado de ser una visioĢn moderna: correcta o incorrectamente se percibe que, en circunstancias ānormalesā, la derecha no estariĢa en condiciones de decidir si podriĢa o no āpermitirā que se realicen elecciones. Independientemente de lo que la derecha o el gobierno puedan hacer para influir en los resultados, la verdad es que no podriĢan arriesgarse a evitar que las elecciones se llevaran a cabo.
La visioĢn actual de la extrema izquierda tiende a ser que, incluso si esto es asiĢ, y admitiendo que es probable que lo sea, todo triunfo electoral, por definicioĢn, estaĢ condenado y seraĢ esteĢril. El argumento, o uno de los principales argumentos en los que se basa esta afirmacioĢn, es que el costo de la hazanĢa de una victoria electoral es demasiado alto en teĢrminos de acomodos, maniobras y compromisos, de āingenieriĢa electoralā. Me parece que hay maĢs de esto que lo que los Hombres Sensatos de la Izquierda estaĢn dispuestos a conceder; pero no necesariamente tanto como sus oponentes insisten en que debe ser el caso. Pocas cosas en estos asuntos se pueden establecer por definicioĢn. Tampoco tienen los oponentes al ācamino electoralā mucho que ofrecer como alternativa en las democracias burguesas de sociedades capitalistas avanzadas; y tales alternativas, de la manera como se ofrecen, han probado hasta ahora no ser en absoluto atractivas para el grueso de la poblacioĢn de cuyo respaldo la realizacioĢn de estas alternativas precisamente depende; y no existe una muy buena razoĢn para creer que esto cambiaraĢ draĢsticamente en un futuro que deba ser tomado en cuenta.
En otras palabras, debe asumirse que, en paiĢses con esta clase de sistema poliĢtico, es por la viĢa del triunfo electoral que las fuerzas de la izquierda se encontraraĢn en el gobierno. La pregunta realmente importante es queĢ sucede despueĢs. Porque, como Marx tambieĢn lo senĢalara en tiempos de la Comuna de PariĢs, la victoria electoral solo nos da el derecho a gobernar, no el poder de gobernar. A menos que uno deĢ por garantizado que este derecho a gobernar no puede, en estas circunstancias, de ninguna manera ser transmutado en el poder de gobernar, es en este punto que la izquierda enfrenta cuestiones complejas que hasta ahora solo ha sondeado de forma imperfecta: es aquiĢ donde maĢs faĢcilmente se han usado los lemas, la retoĢrica y las palabras maĢgicas como substitutos por la dura trituradora de la deliberacioĢn poliĢtica. Desde este punto de vista, Chile ofrece algunas pistas y āleccionesā extremadamente importantes de lo que debe, y quizaĢs lo que no debe, hacerse.
La estrategia adoptada por las fuerzas de izquierda chilenas tuvo una caracteriĢstica no muy asociada a la coalicioĢn: especiĢficamente, un alto grado de inflexibilidad. Quiero decir que Allende y sus aliados habiĢan tomado decisiones sobre ciertas liĢneas de accioĢn, y de inaccioĢn, bastante antes de llegar al gobierno. HabiĢan decidido proceder conforme a la ConstitucioĢn, la legalidad y el gradualismo; y tambieĢn, en este escenario, que hariĢan todo lo posible por evitar la guerra civil. Habiendo tomado estas decisiones antes de tomar posesioĢn del gobierno, se mantuvieron apegados a ellas hasta el fin, a pesar de los cambios en las circunstancias. Pero puede ser que lo que era correcto y apropiado e inevitable en un comienzo se haya vuelto suicida en la medida en que la batalla se desarrollaba. Lo que estaĢ en cuestioĢn aquiĢ no es la oposicioĢn āreforma o revolucioĢnā: es que Allende y sus colaboradores estaban empenĢa- dos en una particular versioĢn del modelo āreformistaā, el que finalmente hizo imposible que pudieran responder al desafiĢo que enfrentaban. Esto necesita una mayor elaboracioĢn.
Alcanzar la Presidencia por la viĢa electoral implica mudarse a una casa ocupada durante mucho tiempo por personas de distintas costumbres; de hecho implica cambiarse a una casa en la cual muchas habitaciones continuĢan ocupadas por esas personas. En otras palabras, la victoria de Allende en las urnas permitioĢ que la izquierda ocupara uno de los elementos del sistema estatal, el Poder Ejecutivo: un elemento extremadamente importante, quizaĢs el maĢs importante, pero obviamente no el uĢnico. Habiendo alcanzado esta victoria parcial, el Presidente y su gobierno iniciaron la tarea de realizar sus poliĢticas ātrabajandoā el sistema del cual se habiĢan convertido en una parte.
Al hacerlo, indudablemente contravinieron un principio esencial del canon marxista. Como escribioĢ Marx en una famosa carta a Kugelmann en tiempos de la Comuna de PariĢs, āel proĢximo intento de la RevolucioĢn Francesa ya no seraĢ, como antes, transferir la maĢquina burocraĢtica-militar de una mano a otra, sino hacerla pedazos, y esta es la condicioĢn preliminar para una verdadera revolucioĢn popular en el continenteā. Del mismo modo, en La guerra civil en Francia, Marx senĢala que āla clase trabajadora no puede simplemente conservar la maquinaria estatal predefinida y manejarla para sus propios objetivosā, y procede a subrayar la naturaleza de la alternativa presagiada por la Comuna de PariĢs. Tanta era la importancia que Marx y Engels le atribuiĢan a este asunto que, en el prefacio de la edicioĢn alemana de 1872 del Manifiesto comunista afirman que āla Comuna demostroĢ especialmente una cosaā, que es la observacioĢn de Marx en La guerra civil en Francia que acabo de citar. Fue de estas observaciones que Lenin derivoĢ la visioĢn de que ādestruir el Estado burgueĢsā era la tarea esencial del movimiento revolucionario.
He defendido en otro lugar que, en el sentido en el cual parece establecerse en El Estado y la revolucioĢn (y por ende, en La guerra civil en Francia), esto es, como establecimiento de una forma extrema de democracia asambleiĢsta (o soviĆ©tica) inmediatamente despueĢs de la revolucioĢn, como substituto del destruido Estado burgueĢs, la nocioĢn constituye una proyeccioĢn imposible que puede no tener una relevancia inmediata para ninguĢn reĢgimen revolucionario, y que ciertamente no la tuvo en la praĢctica leninista tras la revolucioĢn bolchevique; y es difiĢcil culpar a Allende y sus colaboradores por no hacer algo que nunca tuvieron la intencioĢn de hacer en primer lugar, y culparlos en nombre de Lenin, quien ciertamente no mantuvo su promesa, y no podriĢa haber mantenido su promesa, detallada en El Estado y la revolucioĢn.
Sin embargo, aunque sea desgraciadamente ārevisionistaā siquiera sugerirlo, puede haber otras posibilidades que son relevantes para la discusioĢn de la praĢctica revolucionaria, y para la experiencia chilena, y que ademaĢs difieren de la particular versioĢn del āreformismoā adoptada por los liĢderes de la Unidad Popular. AsiĢ, un gobierno empenĢado en cambios mayores a nivel econoĢmico, social y poliĢtico, en algunos aspectos cruciales, tiene ciertas posibilidades incluso si no contempla ādestruir el Estado burgueĢsā. Puede, por ejemplo, ser capaz de efectuar cambios muy considerables en la planta funcionaria de las distintas aĢreas del sistema estatal; y en la misma liĢnea, puede comenzar a atacar y flanquear el aparato estatal existente por medio de una variedad de mecanismos poliĢticos e institucionales. De hecho, si quiere sobrevivir debe hacerlo; y debe finalmente hacerlo con respecto al elemento maĢs difiĢcil de todos: los militares y la policiĢa.
El reĢgimen de Allende hizo algunas de estas cosas. Si pudo haber hecho maĢs, dadas las circunstancias, es materia de discusioĢn; pero parece haber sido menos capaz o haber estado menos dispuesto a abordar el problema maĢs difiĢcil, el de los militares. Por el contrario, parece que hubiese buscado comprar el apoyo y la buena voluntad de estos a traveĢs de concesiones y conciliacioĢn, incluso hasta la hora del golpe, a pesar de la cada vez mayor evidencia de hostilidad por parte de las Fuerzas Armadas.
En un discurso el 8 de julio de 1973, y al que me referiĢ en el comienzo de este artiĢculo, Luis CorvalaĢn observaba que āalgunos reaccionarios han comenzado a buscar nuevas formas de lanzar una cunĢa entre el pueblo y las Fuerzas Armadas, sosteniendo que estamos intentando reemplazar al EjeĢrcito profesional. Ā”No, senĢores! Continuamos apoyando el caraĢcter absolutamente profesional de nuestras instituciones armadas. Sus enemigos no estaĢn en las filas del pueblo sino en el campo reaccionarioā. Es una pena que los militares no compartieran esta visioĢn: uno de sus primeros actos despueĢs de tomar el poder fue liberar a los fascistas de Patria y Libertad que tardiĢamente habiĢan sido puestos en prisioĢn por el gobierno de Allende. Declaraciones similares, expresando confianza en la mentalidad constitucionalista de las Fuerzas Armadas, fueron frecuentes entre los liĢderes de la coalicioĢn, y el mismo Allende. Por supuesto, ni ellos ni CorvalaĢn albergaban muchas ilusiones acerca del apoyo que podiĢan esperar de los militares; pero pareciera, sin embargo, que la mayoriĢa pensaba que podriĢan ganaĢrselos; y que lo que Allende temiĢa no seriĢa algo asiĢ como un golpe en el claĢsico patroĢn latinoamericano, sino la āguerra civilā.
ReĢgis Debray ha escrito āpor su conocimiento de primera manoā que Allende sentiĢa un rechazo visceral por la guerra civil; y lo primero que hay que decir sobre esto es que solo las personas moral y poliĢticamente lisiadas en sus sensibilidades podriĢan burlarse de este ārechazoā o considerarlo poco noble. Sin embargo, esto no agota el tema. Hay diferentes maneras de tratar de evitar una guerra civil, y puede haber ocasiones en las que uno no pueda hacerlo y sobrevivir. Debray tambieĢn escribe (y su lenguaje es en siĢ mismo interesante) que āeĢl [Allende] no se dejaba embaucar por la fraseologiĢa del āpoder popularā y no queriĢa cargar con la responsabilidad de miles de muertes inuĢtiles: la sangre de otros le horrorizaba. Por eso es que no quiso escuchar a su partido, el Partido Socialista, que lo acusaba de maniobras inuĢtiles y que lo presionaba a tomar la ofensivaā.
SeriĢa uĢtil saber si el mismo Debray cree que el āpoder popularā es necesariamente una fraseologiĢa por la que uno no deberiĢa dejarse āembaucarā; y queĢ es lo que se entendiĢa por ātomar la ofensivaā. Pero, en cualquier caso, el ārechazo visceralā de Allende a la guerra civil, como lo deja en claro Debray, era solo una parte del argumento de conciliacioĢn y compromiso; la otra era un profundo escepticismo ante cualquier otra alternativa. La explicacioĢn de Debray de las razones que se discutiĢan en las uĢltimas semanas antes del golpe tiene un paĢrrafo revelador:
Ā«āĀæDesarmar a los conspiradores? ĀæCon queĢ?ā, respondiĢa Allende. āDenme primero las fuerzas para hacerlo.ā āMoviliĢcelasā, se le deciĢa desde todos lados. Porque es cierto que eĢl estaba en las alturas, en las superestructuras, dejando a las masas sin orientaciones ideoloĢgicas o direccioĢn poliĢtica. āSolo la accioĢn directa de las masas detendraĢ el golpe de Estado.ā āĀæY cuaĢntas masas se necesitan para parar un tanque?ā, respondiĢa Allende.Ā»
MĆ”s allĆ” de si concordamos o no con que Allende estaba āen las alturas, en las superestructurasā, esta clase de diaĢlogo tiene algo de verdad; y puede ayudar mucho a explicar los acontecimientos en Chile. Considerando la forma en que murioĢ Salvador Allende, se justifica una cierta reticencia. Pero es imposible no atribuirle por lo menos algo de responsabilidad por lo que finalmente ocurrioĢ. En el texto que acabo de citar, Debray tambieĢn nos dice que uno de los colaboradores maĢs cercanos de Allende, Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista, le habiĢa dicho, con rabia, hablando de las maniobras de Allende, que āla mejor manera de precipitar una confrontacioĢn y de hacerla incluso maĢs sangrienta es darle la espaldaā. HabiĢa otros cercanos a Allende que desde haciĢa tiempo compartiĢan el mismo punto de vista. Pero, como Marcel Niedergang ha senĢalado, todos ellos ārespetaban a Allende, el centro de gravedad y el verdadero āduenĢoā de la Unidad Popularā; y Allende, como sabemos, estaba absolutamente empenĢado en el rumbo de la conciliacioĢn, alentado hacia ese curso por el miedo a la guerra civil y la derrota, por las divisiones en la coalicioĢn que lideraba, por las debilidades en la organizacioĢn de la clase obrera chilena, por un sumamente āmoderadoā Partido Comunista, y asiĢ.
El problema con ese rumbo es que teniĢa todos los elementos de una cataĢstrofe autocumplida. Allende creiĢa en la conciliacioĢn porque temiĢa el resultado de una confrontacioĢn. Pero, precisamente porque creiĢa que la izquierda era susceptible de ser derrotada en cualquier confrontacioĢn, tuvo que proseguir con cada vez mayor desesperacioĢn su poliĢtica de conciliacioĢn; y mientras maĢs la ejerciĢa, maĢs creciĢa la seguridad y la audacia de sus oponentes. MaĢs aun, y decisivamente, una poliĢtica de conciliacioĢn con los adversarios del reĢgimen teniĢa el grave riesgo de desalentar y desmovilizar a los partidarios. āConciliacioĢnā indica una tendencia, un impulso, una direccioĢn, y encuentra una expresioĢn praĢctica en muchos terrenos, se quiera o no.
AsiĢ, en octubre de 1972, el gobierno habiĢa conseguido que el Congreso promulgara una āley de control de armasā que dio a los militares amplios poderes para hacer rastreos en busca de arsenales clandestinos. En la praĢctica, y dado el sesgo y las inclinaciones del EjeĢrcito, muy pronto esta ley se volvioĢ una excusa para llevar a cabo redadas militares en faĢbricas que eran conocidas como bastiones de la izquierda, con el claro propoĢsito de intimidar y desmoralizar a los activistas, todo perfectamente dentro de la ālegalidadā, o al menos suficientemente dentro de la ālegalidadā.
Lo verdaderamente extraordinario de esta experiencia es que la poliĢtica de āconciliacioĢnā, tan incondicional y desastrosamente perseguida, no causara una desmoralizacioĢn temprana ni mayor en la izquierda. Incluso hasta fines de junio de 1973, cuando tuvo lugar el fallido golpe militar conocido como el āTanquetazoā, la voluntad popular de movilizarse en contra de los futuros golpistas fue de todas maneras mayor que en cualquier otro momento desde que Allende asumiera la Presidencia. Probablemente fue el uĢltimo momento en el que hubiera sido posible un cambio de rumbo; y ademaĢs, en cierto sentido fue el momento de la verdad para el reĢgimen: era necesario tomar una decisioĢn. Y se tomoĢ una decisioĢn: concretamente, que el Presidente continuariĢa tratando de conciliar; y Allende siguioĢ cediendo, una y otra vez, a las demandas de los militares.
Yo no estoy defendiendo aquiĢ, que quede claro nuevamente, que otra estrategia hubiera tenido eĢxito; solo que la estrategia que se adoptoĢ estaba destina- da a fracasar. Dice Eric Hobsbawm, en el artiĢculo ya citado: āPersonalmente no creo que hubiese mucho que Allende hubiese podido hacer despueĢs de, digamos, principios de 1972 excepto hacer hora, asegurar la irreversibilidad de los grandes cambios que se habiĢa logrado concretar [Āæpero coĢmo? āR.M.], y con suerte mantener un sistema poliĢtico que le diera a la Unidad Popular una segunda oportunidad maĢs tarde. (ā¦) En cuanto a los uĢltimos meses, es casi seguro que no habiĢa praĢcticamente nada que eĢl pudiera hacerā.
Con toda su aparente racionalidad y sentido de realismo, el argumento es muy abstracto y ademaĢs una buena receta para el suicidio. Para empezar, uno no puede āhacer horaā si ya se han impulsado grandes transformaciones, las que han conducido a una considerable polarizacioĢn; y si las fuerzas conservadoras se estaĢn desplazando de una lucha de clases a una guerra de clases. Se puede avanzar o retroceder: retroceder hacia el olvido o avanzar para hacer frente al desafiĢo.
Tampoco sirve de nada, en tal situacioĢn, actuar desde la presuncioĢn de que no hay mucho que se pueda hacer, ya que esto significa de hecho que nada se haraĢ para prepararse para la confrontacioĢn con las fuerzas conservadoras. Lo que deja fuera de juego la posibilidad de que la mejor forma de evitar tal confrontacioĢn āquizaĢs la uĢnicaā es precisamente prepararse para ella, y estar en la mejor forma posible para triunfar si es que efectivamente se produce. Esta es una referencia a un artiĢculo de J.P. Beauvais en Rouge, donde entrega un informe como testigo ocular de una de estas redadas del EjeĢrcito, el 4 de agosto de 1973, en la que un hombre fue asesinado y varios resultaron heridos en el curso de lo que equivaliĢa a un ataque de paracaidistas en una planta textil.
Esto nos devuelve inmediatamente a la cuestioĢn del Estado y el ejercicio del poder. Lo dije maĢs atraĢs, que un cambio radical en la planta de funcionarios puĢblicos es una tarea urgente y esencial para un gobierno inclinado hacia una transformacioĢn verdaderamente seria; y que ello necesita estar acompanĢado de una variedad de reformas e innovaciones institucionales disenĢadas para empujar el proceso de democratizacioĢn del Estado. Pero en este uĢltimo punto es mucho maĢs lo que debe hacerse, no solo para concretar un conjunto de objetivos socialistas de larga data concernientes al ejercicio del poder socialista, sino como un medio, sea de evitar la confrontacioĢn armada o de enfrentarla en los teĢrminos maĢs ventajosos y menos costosos si es que evitarla se vuelve imposible.
Lo que ello significa no es simplemente āmovilizar a las masasā o āarmar a los trabajadoresā. Estos son lemas ālemas importantes, siĢā, a los que se requiere dotar de contenidos institucionales efectivos. En otras palabras, un nuevo reĢgimen inclinado a acometer cambios fundamentales en las estructuras econoĢmica, social y poliĢtica debe, desde el comienzo, empezar a construir y alentar la construccioĢn de una red de oĢrganos de poder, paralelos y complementarios al poder del Estado, ademaĢs de constituir una soĢlida infraestructura para la oportuna āmovilizacioĢn de las masasā y la direccioĢn efectiva de sus acciones. Las formas que esta movilizacioĢn asuma ācomiteĢs de trabajadores en sus lugares de trabajo, comiteĢs ciĢvicos en distritos y subdistritos, etc.,ā y la manera en que estos oĢrganos se engranan con el Estado pueden no ser susceptibles de planificacioĢn anticipada. Pero la necesidad estaĢ alliĢ, y es imperativo que se satisfaga, cualesquiera sean las formas maĢs apropiadas.
A todas luces no fue la manera en que actuoĢ el reĢgimen de Allende. Algunas cosas que necesitaban hacerse se hicieron; pero, tal como ocurrioĢ la āmovilizacioĢnā, y sus preparativos ādemasiado tardiĢos para una posible confrontacioĢnā, carecioĢ de direccioĢn, de coherencia y en muchos casos incluso de valor. Si el reĢgimen hubiese promovido realmente la creacioĢn de una infraestructura paralela podriĢa haber sobrevivido; y, por cierto, podriĢa haber tenido menos problemas con sus adversarios y criĢticos dentro de la izquierda, por ejemplo el MIR, ya que sus miembros no se habriĢan visto tan impulsados a actuar por su cuenta y a desplegarse de un modo que incomodoĢ tan enormemente al gobierno: habriĢan estado maĢs dispuestos a cooperar con un reĢgimen en cuya voluntad revolucionaria hubiesen podido confiar. En parte por lo menos, el āultraizquierdismoā es consecuencia del āizquierdismo ultramoderadoā.
Salvador Allende fue una figura noble y tuvo una muerte heroica. Pero, aunque sea difiĢcil decirlo, ese no es el punto. No es coĢmo murioĢ lo que importa finalmente, sino reflexionar sobre si pudo haber sobrevivido al promover otras poliĢticas; y es errado afirmar que no habiĢa alternativa. AquiĢ, como en muchos otros aĢmbitos, y en este maĢs que en la mayoriĢa, los hechos solo se vuelven imperiosos cuando uno permite que lo sean. Allende no fue un revolucionario que tambieĢn era un poliĢtico parlamentarista. Fue un parlamentarista que, lo que ya es notable, tuvo tendencias genuinamente revolucionarias. Pero estas tendencias no pudieron sobreponerse a un estilo poliĢtico que no era el adecuado a los propoĢsitos que eĢl pretendiĢa alcanzar.
La cuestioĢn del rumbo no es una cuestioĢn de coraje. Allende tuvo todo el coraje que se requeriĢa, y maĢs. La famosa acotacioĢn de Saint Just, que tanto se ha citado desde el golpe, de que āquien hace la revolucioĢn a medias cava su propia tumbaā, estaĢ cerca del blanco, pero faĢcilmente puede usarse en un sentido erroĢneo. Existe gente en la izquierda para la que solo significa el despiadado uso del terror, y que dicen una vez maĢs, como si acabaran de inventar la idea, que āno se puede hacer tortillas sin quebrar huevosā. Pero, como el escritor franceĢs Claude Roy observaba hace algunos anĢos, āpuedes quebrar un montoĢn de huevos y no lograr hacer una tortilla decenteā.
El terrorismo puede llegar a ser parte de la lucha revolucionaria. Pero la cuestioĢn esencial es el grado en que los responsables de la direccioĢn de esa lucha son capaces y tienen la voluntad de engendrar y promover la movilizacioĢn efectiva, esto es organizada, de las fuerzas populares. Si es que hay alguna āleccioĢnā definitiva que aprender de la tragedia chilena, parece ser esta; y los partidos y movimientos que no la aprenden, y no aplican lo que han aprendido, bien pueden estar preparando nuevos Chiles para ellos.
