16 de octubre de 1998: El día en que Pinochet fue detenido y fingió estar loco

El 16 de octubre de 1998, siete días después de una cirugía por una hernia de disco en la prestigiosa London Clinic, Augusto Pinochet fue detenido de manera preventiva por orden del juez español Baltazar Garzón. El exdictador chileno era requerido por España por delitos de lesa humanidad cometidos durante su régimen entre 1973 y 1990.

Desde ese día, no solo cambió la historia de Chile: también cambió el Derecho Internacional. Por primera vez se demostró que un gobernante podía ser detenido en cualquier rincón del planeta, aunque se escondiera tras un “estado de salud” convenientemente deteriorado.

El farsante de Londres

El abogado y escritor Philippe Sands recuerda que Pinochet mintió: fingió demencia senil para evitar ser extraditado. Durante más de 500 días, el caso provocó tensiones diplomáticas entre el Reino Unido, España y Chile, y dejó en evidencia que la “salud” del general era tan selectiva como su memoria moral.

Una intérprete de Scotland Yard, encargada de traducir sus conversaciones oficiales, lo observó simular su locura y lo desenmascaró. “Ella lo vio fingir, y él lo reconoció”, relató Sands. Todo el argumento de su incapacidad judicial fue una invención. Una mentira más en la larga carrera del mentiroso mayor de Chile.

El acuerdo secreto

Según Sands, hubo un acuerdo confidencial entre el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y el de Tony Blair. La negociación —a cargo de Cristian Toloza por Chile y Jonathan Powell por el Reino Unido— garantizaba que Londres declararía a Pinochet “no apto para ser juzgado”, permitiéndole regresar a Chile, pero sin inmunidad ante los tribunales nacionales. Así se lavaban las manos ambos gobiernos: Londres lo soltaba, y Chile se comprometía a procesarlo.
Y efectivamente, al volver a Chile fue desaforado en el caso Caravana de la Muerte, aunque el proceso fue sobreseído en 2002 por su “demencia senil”. Esa misma demencia que se curó mágicamente para caminar sin ayuda al bajar del avión en Santiago.

Jack Straw y el papelón británico

El ministro del Interior británico, Jack Straw, había aprobado inicialmente su extradición a España, pero terminó liberándolo el 2 de marzo del 2000, basándose en un informe médico. Al verlo levantarse de su silla de ruedas al llegar a Chile, Straw comprendió que había sido engañado. “Me dijo que no sabía que hubiera un acuerdo”, relató Sands.
Fingió en Londres, caminó en Santiago. La historia clínica de la impunidad chilena.

El mediocre

Pinochet no fue un genio militar ni un estratega brillante. Fue un oportunista. Llegó al golpe invitado de última hora, tras haber ofrecido días antes lealtad a Allende. Dejó a su familia a pasos de la cordillera por si debía huir, y los puso al cuidado del coronel Renato Cantuarias Grandón, un constitucionalista al que después mandó asesinar.
Mientras el presidente de la República defendía La Moneda a tiros, Pinochet se escondía en Peñalolén, moviendo las piezas por teléfono. Así comenzó su carrera de traidor, ladrón y cobarde.

El criminal en serie

Mandó a matar a su excomandante Carlos Prats y a su esposa con un bombazo en Buenos Aires. Ordenó el atentado terrorista en Washington que costó la vida al excanciller Orlando Letelier y a su secretaria Ronni Moffitt. Hizo desaparecer a miles de chilenos, lanzó cuerpos al mar amarrados a rieles, y nunca tuvo la decencia de mirar a las madres de sus víctimas.

Su fortuna —parte detectada en el escándalo del Banco Riggs— fue amasada con robos de fondos públicos y sobornos. Su familia y la élite empresarial lo abandonaron cuando se supo que además de asesino, era ladrón. Hasta la viuda tuvo que devolver parte del botín.

La herencia del gorila

En democracia, el viejo general siguió chantajeando al país. Cuando lo investigaron por los “Pinocheques”, sacó a los militares carapintadas a las calles para recordar quién mandaba.
Dejó tras de sí una camada de generales que siguieron su ejemplo: ladrones, mentirosos y cobardes, que hoy desfilan por los tribunales.

Pinochet murió el 10 de diciembre de 2006, Día Internacional de los Derechos Humanos, sin haber sido condenado. Murió impune, pero también desnudo ante la historia:
como lo que fue —un dictador mediocre, un ladrón de uniforme, y un criminal que fingió locura para escapar de la justicia.

Durante su detención , varios político adeptos del criminal viajaron a Londres a limpiarle la jarra a su líder