Cuando el fanatismo se disfraza de causa justa
Hay una pregunta que deberíamos hacernos más seguido: ¿por qué la gente que dice defender los derechos humanos y la compasión, a veces es capaz de mirar hacia el lado cuando el sufrimiento no le conviene a su relato?
Porque el fanatismo político y la crueldad caminan de la mano. Cuando alguien cree tener la verdad absoluta, deja de ver al que piensa distinto como una persona y empieza a verlo como un enemigo. Y a un enemigo se le puede hacer cualquier cosa, porque ya no importa su dolor, solo importa ganar.
Los mismos que piden compasión, la niegan cuando no les conviene
Hoy escuchamos a los mismos de siempre pedir, en nombre de la humanidad, que se libere a criminales de Punta Peuco. Hombres que cometieron barbaridades contra civiles indefensos, que destrozaron el cuerpo de mujeres embarazadas y las lanzaron al mar.
Y esos mismos, hoy, no dudan en someter a otra mujer —una víctima, una que ya está sufriendo— a una tortura distinta pero igual de real. Le exigen atravesar un dolor adicional, innecesario, solo para satisfacer su propia convicción ideológica.
¿No sería bueno llevar a esta gente al Museo de la Memoria, a Villa Grimaldi, a los lugares donde el horror dejó su huella? Ahí, frente a frente con lo que fue el dolor humano de verdad, tal vez entenderían si la vida y la dignidad de las personas realmente les importa, o si solo les importa cuando conviene a su bando.
«Escucha su corazón»: un proyecto que usa el dolor como castigo
En el Congreso se discute un proyecto llamado «Escucha su corazón» (Boletín N° 18419-11). En palabras simples: busca obligar a las mujeres que quieren interrumpir su embarazo bajo la Ley de tres causales a escuchar los latidos del feto antes del procedimiento.
Se presenta como algo «libre» y «voluntario». Pero hay una trampa: si la mujer se niega a escuchar esos latidos, el médico queda obligado por ley a negarle el aborto. O sea, en la práctica, no es una opción: es un requisito disfrazado de elección.
Pensemos en lo que eso significa de verdad. Una niña que fue violada. Una madre que espera un hijo que no va a sobrevivir al nacer. Una mujer que ya tomó, con dolor, una decisión difícil y legal. A todas ellas se les quiere imponer un último golpe emocional, calculado, antes de dejarlas seguir con su vida.
Organizaciones de derechos humanos, abogadas de Miles Chile y expertas del CEDIDH lo han dicho con todas sus letras: condicionar un procedimiento médico legal a un estímulo emocional forzado es violencia institucional. Es tortura psicológica. Y los mismos gremios de salud han insistido en que la medicina debe guiarse por criterios científicos y humanos, no por castigos morales disfrazados de ley.
La crueldad no es un accidente, es una decisión
La crueldad no es simplemente hacer daño. Es hacer daño a propósito, con conciencia, y muchas veces con una especie de satisfacción por tener el control sobre alguien más débil. No nace de la nada: se alimenta de ideologías extremas, de la deshumanización del que piensa distinto, del anonimato que da sentirse parte de una masa que «tiene la razón».
Eso es lo que estamos viendo hoy: gente que se victimiza de sufrimiento cuando le sirve, y que impone sufrimiento cuando también le sirve. Una misma moral, aplicada solo cuando conviene.
Chile está avanzando por un camino peligroso, donde la extrema derecha amenaza con destruir lo poco que nos queda de convivencia y de una República verdaderamente laica, donde las decisiones de salud pública no dependan de creencias impuestas a la fuerza.
